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¿SOMOS RUIDO O IMPACTO?

¿SOMOS RUIDO O IMPACTO?

Recientemente asistimos a una charla en la que comentaban un experimento. Los investigadores observaban la habilidad de las crías de gorila para resolver problemas, comparándolas con las crías de humanos (lo que llamamos niños) de una edad equivalente. La conclusión me sorprendió, pero al mismo tiempo pensé que no podía ser de otro modo, como el final de un buen libro.

Los niños, con un desarrollo similar al de sus primos homínidos, no resolvían los problemas necesariamente más rápido que los gorilas, incluso estos los superaban en ocasiones. Sin embargo, existía una diferencia fundamental: en el momento en el que un niño encontraba la solución, sólo era cuestión de segundos que corriese a contárselo al resto. A los pocos minutos, todos los niños sabían resolver el problema, en cambio los gorilas, tenían que resolverlo en solitario u observando a los más listos.

La diferencia, por tanto, se encuentra en la comunicación.

Los humanos comunicamos, constantemente, desde las formas más atípicas y complejas (como los antiguos e indescifrables SMS de los adolescentes) hasta las más sencillas, como una sonrisa. Nos comunicamos con nuestra pareja, con nuestros hijos, con nuestro jefe (cuando mira y cuando no), con nosotros mismos, etc. En definitiva, la comunicación es nuestro sello, la evidencia de lo que sucede dentro de nuestras pequeñas cabezas.

En este sentido, existen grandes comunicadores, y otros que bueno, no lo son tanto. Seguro que a todos nos vienen grandes ejemplos a la memoria, discursos que impactaron en nuestro cerebro y sus ecos aún perduran; y por otro lado, también habremos presenciado exposiciones pobres, discursos más insípidos que las tortitas de arroz. Ahora bien, pensemos en la imagen que ofrece cada uno de estos speakers, ¿a cuál percibimos como más inteligente? ¿A cuál contrataríamos en nuestra empresa? ¿A cuál concederíamos el siguiente proyecto?

¿La comunicación de impacto se ha convertido en sinónimo de éxito?

No, claro que no, pero sí. Los grandes comunicadores tienen terreno ganado, y por ello en la actualidad, trabajadores y empresas están apostando por reciclarse e impulsar sus habilidades de comunicación. Un ejército de coaches, formadores, psicólogos, pedagogos, etc., han desarrollado montañas de protocolos abordando el tema en un pozo insondable de conocimiento. A continuación, vamos a desgranar algunos de los puntos más importantes para impactar sobre nuestra audiencia.

Observa, entrena.shutterstock_34618285l

Observa a los que lo hacen bien, cada detalle. No tenemos que convertirnos en clones pero necesitamos alguna referencia. Más adelante, con la práctica, desarrollarás tu propio estilo. Por el momento, analiza a los grandes oradores y encontrarás recursos que por otro lado tardarías tiempo en descubrir. Cuando sepas qué y cómo lo hacen los demás, entrénalo. Delante del espejo, de tu mascota, de tus amigos, de cualquiera que no huya al escucharte hablar.

Empatiza.

Infórmate, averigua quién es tu público, qué busca. Un buen formador, un buen orador, empatiza con su público, comprende sus necesidades y reacciona ante sus circunstancias. Por ejemplo, no se puede ofrecer el mismo curso a un grupo de ejecutivos que a otro de asesores comerciales, sencillamente porque viven contextos diferentes. ¡Adaptémonos!

Conecta emocionalmente con tu público.shutterstock_34709683

Vamos al corazón, lo consideramos tan importante que lo llevamos en el nombre de nuestra empresa. Las emociones se contagian, no lo olvides, son más potentes que un catarro. Si transmitimos entusiasmo por lo que hacemos, naturalidad y humildad, será más sencillo que la audiencia empatice con nosotros y se establezca una conexión. No hace falta ser perfectos, sólo humanos.

Pica piedra.

Cúrratelo, prepara el tema. Si no lo eres, conviértete en un experto en el tema, pero recuerda, sé breve. Debemos tener claro qué vamos a contar y cómo hacerlo. La audiencia busca una utilidad al escucharte, el carisma y el sentido del humor no bastan, debe encontrarse trabajo detrás. Ellos te han regalado su tiempo, no les decepciones.

Valor añadido.

Algunos oradores son como páginas de libro, discursos planos que se limitan a recitar un texto preparado. Si no aportas ningún valor añadido a tu presentación, mejor escribir un artículo o un manual. La audiencia espera poder exprimir a su interlocutor, conocer experiencias, éxitos, fracasos. Busca el conocimiento de un experto, pero también un estímulo que les impida dormirse en sus asientos. Esto tiene mucho que ver con el contenido emocional de la exposición, el lenguaje no verbal o paraverbal (que merecen un capítulo propio). Es bueno comenzar con una historia que introduzca o ejemplifique el tema sobre el que se va a hablar. Igualmente, podemos ponerle la guinda a la exposición con alguna moraleja final que resuma la idea principal. En cualquier caso, personaliza, rompe con originalidad.

En resumen, somos seres conectados, en constante comunicación. Por tanto, si no queremos formar parte del ruido, más nos vale impactar (positivamente, a poder ser). Para ello, podemos encontrar muchos métodos con los que confeccionar nuestra exposición, sin embargo, lo más importante, es que encontremos el nuestro (y que sea bueno, claro).

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